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En torno a los años 70 del siglo pasado el ejército norteamericano utilizó la denominación ‘soft skills’ para referirse a aquellas habilidades diferentes a las que implican el trabajo con máquinas. Los instructores militares se percataron de las necesidad de otras aptitudes para el desarrollo profesional de sus técnicos e ingenieros.

Una década después el mundo laboral empezó a reflexionar sobre las llamadas ‘soft skills’. El psicólogo británico Nicholas Humphrey señaló en 1976 un tipo de habilidades sociales que estaban más allá de la inteligencia cuantificable. Todo esto tiene que ver los desarrollos sobre las inteligencias múltiples y la educación afectiva. Otros autores como Drucker o Mintzberg también se refirieron a nuevas habilidades en la administración empresarial. Quizás estas corrientes fueran una reacción frente a la excesiva tecnificación profesional a partir de la segunda revolución industrial.

En español la traducción de ‘soft skills’ sería “habilidades blandas” pero no es la definición más adecuada. El vocablo inglés aúna otras características en oposición a las “habilidades sólidas” o técnicas. Tal vez una mejor interpretación en ese marco conceptual sería la de dúctiles o flexibles. Curiosamente uno de los problemas de este tipo de destrezas es su difícil categorización.

Ya la enumeración de las mismas es compleja. Algunos rankings dependen de las necesidades del mercado. Otros son fruto del sentido común. ‘Soft skills’ que suelen repetirse en las listas son liderazgo, flexibilidad, comunicación, responsabilidad, cortesía o moralidad. No son medibles a la manera de las aptitudes relativas a los procesos y para entenderlas habría que mirar a la historia.

Cuenta Platón en su ‘Apología’ que Sócrates fue condenado porque perturbaba a los jóvenes con preguntas éticas. Algunas de ellas estaban dirigidas hacia el significado del bien. Para algunos atenienses esto era un peligro. Las habilidades técnicas se sentirían si los ciudadanos se dedicaban a pensar sobre cuestiones tan abstractas. Lo importante era la supervivencia de la ‘polis’. Por eso pensaban que las propuestas de Sócrates eran imprudentes: apuntaban a aptitudes interiores, reflexivas. No eran urgentes ni fundamentales.

Luego la ética desarrollará una teoría sobre las virtudes que desembocará en la moral occidental. A lo largo de la historia se propondrán corrientes distintas y niveles de capacidades morales. En los albores de la modernidad Kant propondrá un tipo de valores acordes con la racionalidad universal. Lo interesante es que la reflexión sobre las ‘soft skills’ surgen desde otro ámbito: el de la gestión funcional.

Estas habilidades tienen relaciones con la tradición ética y siguen adecuándose al mundo actual. Muchas se gestan en la familia o con los amigos porque son parte de la vida social. Desde la psicología organizacional autores como Adam Grant hablan también de la creatividad o de las paradojas de la generosidad.

Para poder gestionar proyectos en la sociedad digital son necesarias estas y otras cualidades. La paradoja implícita en su mención es que los profesionales que no las tenga pueden ser poco competitivos. Curiosamente —y aquí tenemos una clave— para el desarrollo de las ‘soft skills’ se necesita no pensar de forma tan pragmática.

Participamos de las redes sociales porque nos gusta ser comunicativos y no solo para generar una red de contactos. Opinamos sobre los productos que compramos porque es importante aconsejarnos y no necesariamente por las recompensas. Gestionamos nuestro tiempo no solo en aras de la eficiencia, sino porque así disfrutamos más de nuestros ratos libres. De alguna manera las ‘soft skills’ apuntan a un bien distinto de la funcionalidad y curiosamente pueden potenciar.

Otra clave es que las habilidades flexibles se adquieren practicándose. Internet es un excelente campo de experimentación de nuevas aptitudes: el buen gusto, la tolerancia, la solidaridad, la privacidad, todas ellas se pueden ejercer en las redes sociales. Otras son desafíos que debemos pensar y desarrollar y también esto es otra habilidad: la capacidad crítica.

En un mundo digital las ‘soft skill’ han de ser cada vez más humanas. Nos diferencian de la inteligencia artificial (IA) y es lo que nos permite desarrollar con criterio. Son las que nos permiten dirigir u organizar con perspectiva ética procesos como el ‘blockchain’. Quizás algunas de estas habilidades están bien diseñadas en las redes colaborativas y son patrimonio de los ‘millennials’. La capacidad de síntesis, el minimalismo, la conectividad libre, la gestión de las reuniones, el nomadismo laboral y la autonomía ofimática. Todas ellas apuntan también a la capacidad de emprender nuevos negocios y aprender constantemente.

La intuición de los militares norteamericanos también evidencia las ausencias formativas del colegio y la universidad. La educación superior, en ciertos casos, ofrece algunas pinceladas sobre estos valores pero sin ahondar en ellos. Por ejemplo se habla de liderazgo sin realizar una reflexión social de su significado. O se proponen cursos de lectura crítica sin entender el origen del pensamiento analítico. Algunas escuelas proponen modelos tan competitivos que se olvidan del valor de la responsabilidad social. Y muy pocas veces se plantean escalas de valores o reflexiones sobre el futuro digital.

Ciertamente las ‘soft skills’ no son los imperativos de los que hablaba Kant en su Crítica del juicio pero vale la pena conocer sus coincidencias. Son valores diferentes y necesarios para el desarrollo social y empresarial. El McKinsey Global Institute dice que para el 2030 los robots podrían reemplazar 800 millones de puestos de trabajo. Las habilidades flexibles son las que nos permitirán gestionar este cambio.

No basta con haber leído la ‘Ética a Nicómaco’ u ‘Oliver Twist’ para ser solidarios. O leer textos de Henry Jenkins para desarrollar la capacidad participativa. Tampoco asistir a varias clases sobre cómo ser un líder para serlo. Es todo ello sumado a un ejercicio digital de estas habilidades lo que nos permitirá construirlas. En ello quizás la gran escuela sean nuestra familia y amigos.

Fuente: BBVA

Adaptado por la división consultoría de EvaluandoSoftware.com

 

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