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En el mundo de los animales vivía una liebre muy orgullosa, porque ante todos decía que era la más veloz. Por eso, constantemente se reía de la lenta tortuga.

-¡Miren la tortuga! ¡Eh, tortuga, no corras tanto que te vas a cansar de ir tan de prisa! -decía la liebre riéndose de la tortuga.

Un día, conversando entre ellas, a la tortuga se le ocurrió de pronto hacerle una rara apuesta a la liebre.

-Estoy segura de poder ganarte una carrera -le dijo.

-¿A mí? -preguntó, asombrada, la liebre.

-Pues sí, a ti. Pongamos nuestra apuesta en aquella piedra y veamos quién gana la carrera.

La liebre, muy divertida, aceptó.

Libere vs Torguta - Evaluando Software

Y como cuenta la fabula de Esopo, en esa carrera que parecía desigual, la tortuga siguió caminando sin detenerse, y la liebre, confiada en su velocidad, se tumbó bajo un árbol y ahí se quedó dormida. Mientras tanto, pasito a pasito, y tan ligero como pudo, la tortuga siguió su camino hasta llegar a la meta. Cuando la liebre se despertó, corrió con todas sus fuerzas pero ya era demasiado tarde: la tortuga había ganado la carrera.

Entre sus moralejas están: el valor de la perseverancia, no confiarse, cuidarse de la soberbia, y no creerse que ir rápido es el mejor atributo.

La verdad: la tortuga solo gana en esa carrera. Porque a la hora de elegir, las empresas se ven ante una realidad incontrastable: la velocidad es clave en la época que se vive. Velocidad de respuesta, capacidad de cambio, de innovar, de resolver problemas, de adaptarse a lo diferente, de vorágine de la tecnología y la comunicación, velocidad en productos y servicios rápidamente perecederos, velocidad para pensar, decidir y filtrar información de la conducción empresaria, para aprovechar oportunidades y neutralizar amenazas. Lo que se supone bueno, desde la oferta, sin la agilidad que la demanda requiere, hace perder mercados: ser y atender rápido.

Entonces, ¿qué hace la lentitud en la vida de negocios? ¿Qué atenta contra la velocidad requerida hoy?

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  • Las viejas creencias: necesita sacarse las anteojeras con que naturalmente conduce y toma decisiones. Tiene que poder cuestionar los moldes y modelos con los que piensa y actúa en lo cotidiano, para obtener mejores resultados. Si se resuelve lo nuevo con los mismos esquemas, solo se obtendrá más de lo mismo. La velocidad del cambio obliga a reformular las ideas con que conduce y piensa los negocios. La capacidad de adaptarse a circunstancias tan cambiantes depende de esa apertura mental a lo diferente.
  • Exceso de especialización en los cargos: se vive en una era donde la especialidad interna puede aislar. Debe generar mecanismos de integración de ideas e información. Nadie por si solo puede comprender la cantidad y calidad de fenómenos que suceden en el contexto. Ningún sector por si solo encontrará las mejores respuestas, sino que lo será el conjunto. Por otro lado, es un momento donde formaciones y conocimientos que antes parecían no tener relación con los negocios, hoy tienen algo para aportar.
  • Esquemas formales rígidos: se piensa en términos de jerarquías y organigramas, que poco reflejan la era que se vive, donde las relaciones informales, y los liderazgos tienen otra manera de expresarse y ser reconocidos. La velocidad de respuesta depende más de la relación entre las áreas, en esas zonas grises plenas de frases como “este no es mi tema”, o “esto no me corresponde”. Es en la interrelación entre sectores, que muchas veces actúan cerrados en si mismos, que va a encontrar el ritmo y capacidad de resolución que la actualidad obliga. Lo que se podría llamar “redarquía”.
  • Exceso de complejidad: se tiende, por inercia, a agregar procesos, productos, personal. Para ser ágiles como hoy se necesita, es condición retomar la simplicidad. Es bueno cada tanto pararse ante las cosas y preguntar: ¿“y esto, para que sirve?” se va a encontrar con duplicación de procesos, redundancias, y por lo tanto, con aspectos que puede simplificar para recuperar velocidad de gestión.
  • Déficit en la comunicación: en línea con lo anterior, es clave promover la permanente comunicación interna, desplegando las reuniones necesarias, y que sean efectivas.
  • Ambiente motivador: no se trata de dar zanahorias que impulsen a la acción, si no de crear un ambiente motivador en el cual se mejore el desempeño medio del conjunto de su gente. A veces se escuchan quejas de la falta de incentivo e iniciativa, pero acaso ¿es favorecido? ¿Da herramientas y oportunidad para que la pasión y el talento se expresen? ¿O ante le primer idea o propuesta que sale de lo estándar lo desecha o posterga?
  • Ebullición creativa: crear un clima de creatividad, promover de modo sistemático la innovación, en productos, servicios, procesos, relación con clientes, es determinante para sobrevivir y crecer. Para lo cual tiene que generar espacios que le permitan poner en marcha la capacidad creativa.
  • Compartir información clave: hasta hace poco, cierta información se tomaba como secreto de estado. Hoy justamente el conocimiento compartido favorece la toma de decisión, el conocimiento de aspectos antes ocultos, como los números, la rentabilidad, y otros, aportan capacidad de gestión, y mayor compromiso con el proyecto empresario.
  • Gestionar conocimientos: todos los integrantes de la empresa, a partir de su rutina y quehacer cotidiano, incorporan información, desarrollan conocimientos. La cuestión es: ¿los aprovecha? ¿Los integra y comparte? ¿Los transforma en riqueza y capital empresario? ¿O ante lo nuevo actúa como si nada de eso existiera? La ventaja competitiva ya no es lo que era, no la encuentra en productos y servicios. La gestión del conocimiento, y por lo tanto, las personas, serán la base de dicha ventaja en el futuro. Cuando todo es fácilmente imitable, si todo cambia a gran velocidad, la diferencia la va a marcar el capital humano y el capital de conocimiento que sea capaz de administrar, potenciar y gestionar.
  • Familia y negocios: una buena articulación familia empresa es el mejor antídoto ante la incertidumbre creciente, y la cantidad de variables poco controlables del contexto. Todo lo que trabaje para mejorar dicha articulación favorecerá la adaptación ante un contexto en permanente cambio. Lo que hoy puede llamar “vivir en el cambio”.
  • La liebre y la tortuga: una buena metáfora, pero también la necesidad de ser liebres inteligentes, perseverantes, carentes de soberbia pero liebres al fin!

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Por Lic. Néstor Rabinovich
www.rabinovichasesor.com.ar

 

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